¿Queremos repetir en Argentina lo que ya ocurre en nuestra frontera?
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Hay temas que no admiten liviandades. Uno de ellos es la tierra. Porque la tierra no es solamente un bien económico. La tierra es soberanía, es producción, es identidad y también es futuro.
En estos días volvió a instalarse el debate sobre un proyecto que permitiría ampliar la posibilidad de que ciudadanos extranjeros adquieran tierras en la Argentina. Hay quienes sostienen que eso atraerá inversiones, generará empleo y dinamizará la economía. Es un argumento que merece ser escuchado. Pero también existe otra mirada, que merece la misma atención: la de quienes temen que, poco a poco, terminemos perdiendo el control sobre sectores estratégicos de nuestro propio territorio.
Y quienes vivimos en Puerto Iguazú tenemos un privilegio y, al mismo tiempo, una responsabilidad. No hablamos desde la teoría. Vivimos en la Triple Frontera y
observamos muy de cerca procesos que ya ocurrieron en países vecinos.
Basta cruzar el río Paraná y recorrer el Alto Paraná paraguayo para encontrar el fenómeno de los llamados «brasiguayos»: ciudadanos brasileños que se radicaron en Paraguay, adquirieron enormes extensiones de tierra y desarrollaron una agricultura altamente tecnificada. Nadie discute que aportaron inversión y producción. Pero tampoco puede desconocerse que ese proceso generó profundas tensiones sociales.
En numerosas oportunidades, campesinos paraguayos y grandes propietarios extranjeros protagonizaron conflictos por la posesión de la tierra. Hubo enfrentamientos, amenazas, ocupaciones y, lamentablemente, también episodios de violencia que terminaron con personas heridas e incluso con pérdidas de vidas humanas.
El video que hoy compartimos refleja apenas una pequeña parte de esa realidad. Allí se observa a un ciudadano brasileño reclamándole por una porción de tierra a un ciudadano paraguayo. Es una discusión cargada de tensión, de desconfianza y de agresividad verbal. Pero quienes conocen esa región saben que muchas veces esos conflictos no terminan solamente con gritos. En más de una oportunidad terminaron en enfrentamientos físicos y con consecuencias irreparables.
No estoy diciendo que eso vaya a ocurrir necesariamente en la Argentina. Lo que sí digo es que conviene aprender de las experiencias ajenas antes de tomar decisiones que pueden marcar el destino de varias generaciones.
Nuestro país tiene millones de hectáreas productivas, enormes reservas de agua dulce, recursos minerales estratégicos y zonas de frontera con un enorme valor geopolítico.
La pregunta entonces es inevitable: ¿hasta dónde estamos dispuestos a vender? ¿Y bajo qué condiciones?
Porque una inversión puede ser bienvenida. Nadie discute la necesidad de generar empleo y desarrollo. Pero una cosa es atraer capitales con reglas claras y otra muy
distinta es perder capacidad de decisión sobre nuestro propio territorio.
Las tierras pueden comprarse. La soberanía, una vez que empieza a cederse, resulta mucho más difícil recuperarla.
Quizás el verdadero debate no sea si un extranjero puede o no comprar tierras. El verdadero debate debería ser qué límites establece el Estado para proteger los
intereses de los argentinos, especialmente en zonas sensibles como las fronteras.
La historia demuestra que cuando la política llega tarde, los conflictos terminan resolviéndose entre particulares. Y eso nunca es una buena noticia.
Por eso, antes de celebrar una eventual apertura irrestricta del mercado de tierras, sería prudente mirar lo que sucede a pocos kilómetros de nuestra casa. Porque, a veces, el mejor espejo para anticipar el futuro no está en Europa ni en Estados Unidos.
Está aquí mismo, del otro lado del río.
Y cuando se trata de la tierra, las decisiones de hoy pueden definir la Argentina que heredarán nuestros hijos y nuestros nietos.


