Peleando no se consigue nada

 Peleando no se consigue nada

Si le dijera a Miguel Martín de Güemes que peleando no se consigue nada, probablemente me fusilaba por traidor… Es que casi todos los grandes pasos de la historia de la humanidad fueron frutos de grandes batallas y de largas guerras, y no solo por los cambios geopolíticos que producen, sino, y sobre todo, porque aguzan en ingenio hasta límites insospechados.

Digo casi todos porque la revolución más grande de la historia no la produjo ningún enfrentamiento, ninguna guerra, ninguna grieta… y es la prueba más patente de que peleando no vamos a ninguna parte. Tan fuerte fue esa revolución que los violentos no consiguieron pararla ni matando al revolucionario y a sus discípulos más cercanos, ni persiguiendo a sus seguidores durante 300 años. Ya van más de 2000 y la historia cuenta que los que persiguen a los pacíficos terminan perdiendo y consiguen lo contrario de lo que buscaban: en lugar de exterminarlos, los reproducen.

Ya está claro que me refiero a Jesucristo y a los cristianos (a los cristianos pacíficos). Pero no hace falta llegar a esos extremos para confirmar que siempre tendremos más éxito en nuestras empresas si en lugar de pelear para conseguir los fines lo hacemos amigablemente. Y además viviremos más tranquilos.

Hace ya casi dos siglos que se planteó en el mundo, como teoría, la lucha como forma de crear poder. No es mala idea si lo que se quiere el llegar, pero no hay que ser muy inteligente para advertir que es un modo violento. Tan violento que no duda en aniquilar a los enemigos si hiciera falta, y solo porque es el modo más rápido de ganar.

Hace tiempo que intento explicar que el camino es el contrario. El conflicto como estrategia no lleva a ningún lado que no sea el mismo conflicto, pero además cansa como cansó a la mayoría de los argentinos que votaron el cambio en noviembre. No es peleando unos con otros como se va a arreglar la Argentina, sino uniéndonos en pos del fin común, minimizando las diferencias y fortaleciendo las semejanzas, que son muchas más que las diferencias.

Hoy, sin embargo, la sociedad argentina parece mantener la idea de que los que ganaron en las últimas elecciones deben imponerse con toda su fuerza sobre los que perdieron y los que perdieron parecen empeñados en no dejar gobernar a los que ganaron. Seguir peleando no es el cambio sino la continuidad; solo que ahora están arriba los que antes estaban abajo. Y es tan evidente que así no vamos a ningún lado… que enternece nuestra edad del pavo colectiva, de la que un día debemos desprendernos para siempre.

La semana pasada escribía en este mismo espacio sobre la necesidad de la unión, principio fundacional de nuestra Patria, junto con la libertad. Sin la unión no iremos nunca a ningún lado, como muestra eso esquema didáctico y siempre actual de los dos burros atados por el pescuezo que pretenden comer sus raciones de pienso, una a la derecha y otra a la izquierda. Tirando cada uno para su lado nunca alcanzaran el almuerzo, en cambio si se unen para ir juntos, primero a uno de los lados y luego al otro, sí que lo conseguirán y todos felices y bien alimentados.

Alcanza y sobra con la unión para enfrentar cualquier adversidad y aunque no se conozca la solución. La unión implica por sí misma la voluntad de buscar juntos las soluciones a todos nuestros problemas. Y también implica ceder de los dos lados para ir juntos en esa búsqueda.

Fuente: El Territorio
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