La violencia cotidiana que nos está enfermando
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Hay veces que cuando hablamos de violencia pensamos únicamente en los grandes hechos policiales, en los robos, en las agresiones físicas o en los delitos que ocupan los titulares de los medios. Pero yo creo que en Puerto Iguazú existe otra violencia, mucho más silenciosa, mucho más cotidiana, y que termina afectándonos a todos los días.
Seguramente también te pasa a vos.
¿Cuántas veces estabas cruzando una calle, caminando tranquilamente o manejando tu vehículo, y de repente aparece un motociclista haciendo maniobras peligrosas, levantando la rueda delantera, sin luces, a toda velocidad y con un escape libre que hace un ruido infernal?
En ese momento uno siente una mezcla de miedo, bronca e impotencia. No solamente porque puede provocar un accidente grave, sino porque parece que los ciudadanos que respetan las normas somos los que tenemos que apartarnos y cuidarnos de quienes no respetan absolutamente nada.
Y lo peor es que esa situación genera una violencia interior enorme. Te acelera el corazón, te altera el ánimo y te deja de mal humor durante mucho tiempo. Es una agresión que no deja heridas visibles, pero que va acumulando tensión en toda la sociedad.
Lo mismo ocurre cuando circulamos por las calles de la ciudad. No importa si son de tierra, empedradas o asfaltadas. En muchos casos el estado es lamentable. Pozos, desniveles, falta de mantenimiento y una sensación permanente de que manejar en Iguazú es una prueba de resistencia.
Uno sale de su casa para trabajar, para llevar a los chicos a la escuela o simplemente para hacer un trámite y termina manejando con los nervios de punta, esquivando baches y rezando para no romper una cubierta, una llanta o la suspensión del vehículo.
Y a eso se suma otro fenómeno que se volvió habitual. Vas caminando o estacionando y de repente aparece alguien para «cuidarte» el auto. Muchas veces no lo pediste, no lo necesitabas y ni siquiera lo estabas buscando. Sin embargo, la situación te genera incomodidad, tensión y hasta temor de que algo pueda ocurrir si no accedés a darle dinero.
Todo eso también es violencia.
No porque necesariamente exista una agresión directa, sino porque vivimos permanentemente sometidos a situaciones que nos generan estrés, enojo y sensación de desprotección.
Por eso creo que cuando hablamos de calidad de vida no debemos limitarnos a discutir grandes obras o proyectos millonarios. La calidad de vida también pasa por poder caminar tranquilo, manejar tranquilo, dormir tranquilo y convivir en una ciudad donde las normas básicas se respeten.
Porque una ciudad no se vuelve violenta solamente por los delitos. También se vuelve violenta cuando la anarquía gana las calles, cuando el desorden se vuelve costumbre y cuando los vecinos terminamos acostumbrándonos a situaciones que no deberían ser normales.
Y la pregunta es simple: ¿te pasa lo mismo? ¿Sentís que cada día estamos más irritados, más nerviosos y más intolerantes? Tal vez no sea casualidad. Tal vez sea el resultado de convivir todos los días con pequeñas agresiones que se repiten una y otra vez.
Como siempre digo, te leo en los mensajes. Porque este debate nos involucra a todos y porque la ciudad que tenemos mañana depende también de las cosas que decidamos no seguir tolerando hoy.


