La confianza es la mejor prevención frente al acoso
Por Marysol Perassi, psicóloga
El acoso puede adoptar distintas formas: bullying, ciberbullying, grooming, acoso sexual o laboral. Cambian los ámbitos y las herramientas, pero existe un elemento común: una conducta reiterada de hostigamiento, humillación, exclusión o agresión que provoca daño en otra persona.
En niños y adolescentes debemos prestar especial atención al bullying. No toda discusión, pelea o cargada constituye bullying. Hablamos de una situación de este tipo cuando la agresión se repite, existe intención de dañar y la víctima comienza a quedar en una posición de vulnerabilidad. Muchas veces los adultos no lo advertimos porque los chicos callan por vergüenza, culpa o miedo a que nuestra intervención empeore las cosas.
Cuando un niño se anima a hablar, nuestra primera reacción nunca debería ser preguntarle: “¿Qué hiciste?” o “¿Por qué te pasa esto?”. Ninguna conducta justifica una agresión. Hay que escuchar, acompañar y agradecer la confianza.
Hoy el acoso tampoco termina cuando el chico sale de la escuela. El ciberbullying puede continuar mediante WhatsApp, Instagram, videojuegos u otras plataformas. La humillación, exclusión y agresiones pueden incluso pasar inadvertidas porque ocurren detrás de una pantalla.
Un riesgo todavía mayor es el grooming, cuando un adulto establece contacto con un menor con una finalidad sexual. Puede comenzar generando confianza para luego avanzar hacia pedidos de fotografías, conversaciones sexuales, intercambio de imágenes íntimas o incluso un encuentro presencial.
Frente a estos riesgos necesitamos educación digital. Darle un celular a un hijo no significa solamente entregarle un dispositivo: implica enseñarle los peligros, explicarle que una persona conocida únicamente por internet continúa siendo un desconocido y establecer límites sobre la información personal que comparte.
Los controles parentales pueden ser útiles, especialmente con los más pequeños, pero la vigilancia no reemplaza la educación ni la confianza. Los hijos necesitan saber que pueden acercarse a sus padres incluso cuando hayan cometido un error y que serán escuchados antes que juzgados.
También debemos enseñar algo esencial: un “no” es un límite. Cuando alguien continúa escribiendo, persiguiendo, amenazando o buscando nuevas formas de contacto después de que se le pidió que se detenga, estamos frente a una conducta abusiva. En esos casos es necesario pedir ayuda y, cuando corresponde, denunciar.
Las consecuencias del acoso pueden ser profundas: miedo, ansiedad, angustia, aislamiento y daños emocionales e incluso físicos. Por eso estas situaciones nunca deberían reducirse a la frase “son cosas de chicos”.
Escuelas, clubes, familias e instituciones tienen responsabilidades. Pero existe una herramienta fundamental que atraviesa todas las formas de prevención: la confianza.
Un niño que sabe que puede contar lo que le sucede tiene más recursos para pedir ayuda. La educación digital y la prevención son necesarias, pero ambas comienzan mucho antes que frente a una pantalla: empiezan en casa, hablando y escuchando a nuestros hijos.



