Iguazú Suena: cuando la música se convierte en una oportunidad de vida

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En estos días se desarrolló, en el Centro de Eventos y Convenciones de Puerto Iguazú, una nueva edición de Iguazú Suena. Y debo reconocer que ingresar a ese salón y encontrarme con más de 800 personas esperando escuchar a estas orquestas infantojuveniles me produjo una sensación muy particular. Inevitablemente, me retrotrajo a otra época. A aquellos años en los que nuestra ciudad era escenario de Iguazú en Concierto, aquel extraordinario encuentro que reunía a orquestas de niños y jóvenes de diferentes lugares del mundo y que convirtió durante años a Puerto Iguazú en una verdadera capital internacional de la música. Pero quiero detenerme en lo que ocurrió ahora.

Porque Iguazú Suena me sorprendió por el altísimo nivel musical alcanzado por estos jóvenes. Y cuando uno ve el resultado final, puede cometer el error de quedarse solamente con el espectáculo: las luces, el sonido, los instrumentos, los aplausos y la emoción del público. Pero para que un chico pueda subir a ese escenario y ejecutar una pieza musical de esa manera, hubo detrás años de trabajo silencioso. Horas y horas de ensayo.

Profesores enseñando. Familias acompañando. Instituciones sosteniendo. Y fundaciones apostando recursos y confianza, como ocurre con la Fundación Grupo London Supply, que acompaña a la Orquesta Maravillas del Mundo, de la Escuela Doña Mercedes García de Taratuty, en el barrio Primero de Mayo. Y ahí es donde, para mí, aparece lo verdaderamente importante. Porque detrás de cada violín, de cada violonchelo, de cada instrumento y de cada chico que vimos sobre ese escenario, hay una historia que probablemente no conocemos. Yo conozco una. La de un joven que salió del barrio Primero de Mayo. Un chico que quizás, como tantos otros, no tenía delante suyo demasiadas oportunidades para imaginar un camino diferente. Comenzó estudiando música.

Aprendió a tocar el violonchelo. Creció. Se capacitó. Y hoy aquel alumno es profesor de violonchelo. Hoy enseña a otros chicos de Puerto Iguazú y además participa de capacitaciones y cursos específicos en distintos lugares de la provincia. Pensemos por un momento lo que significa eso. La música no solamente le enseñó a ejecutar un instrumento.

Le abrió una puerta. Le permitió descubrir una capacidad, construir una profesión y, fundamentalmente, convertirse en alguien capaz de transmitirle a otro chico aquello que alguna vez alguien le enseñó a él. Y esta es solamente una historia. Una que conozco personalmente. Entonces me pregunto: ¿cuántas historias parecidas habrá detrás de los casi 250 jóvenes que participaron de Iguazú Suena? ¿Cuántos encontraron en una orquesta un lugar de pertenencia? ¿Cuántos encontraron un profesor que creyó en ellos? ¿Cuántos descubrieron allí una vocación? ¿Y cuántos pudieron comprender que el lugar donde nacieron no determina necesariamente hasta dónde pueden llegar? Por eso creo que cuando el Estado, una escuela, una fundación o una empresa decide invertir en cultura y educación, no está simplemente financiando un concierto. Está financiando oportunidades.

Y quizás ese sea el verdadero espectáculo que vimos estos días en Puerto Iguazú. No fueron solamente chicos tocando maravillosamente bien. Fueron jóvenes demostrando lo que puede suceder cuando alguien les pone un instrumento en las manos, un profesor a su lado y una oportunidad por delante. Las luces del escenario finalmente se apagan. El público se va y los aplausos terminan. Pero si detrás de ese concierto conseguimos cambiar aunque sea una historia de vida, entonces la música seguirá sonando muchísimo tiempo después.

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