Iguazú: la ciudad donde las direcciones son ciencia ficción

 Iguazú: la ciudad donde las direcciones son ciencia ficción

Estamos en pleno siglo XXI. Ya mandamos sondas a Marte, pagamos cuentas con el celular, pedimos comida con una app que nos dice en tiempo real por dónde viene el delivery… pero en
Yguazú todavía vivimos en la dimensión desconocida de las direcciones.
Porque acá, estimado lector, las calles no tienen numeración.
Sí, leyó bien. No es una metáfora. No es un recurso literario. Es la realidad. En Yguazú uno no vive en una casa con número. Vive “al lado del árbol grande”, “donde está el perro negro”, “en la reja
verde que antes era azul”, o mi favorita: “a media cuadra de donde chocó aquel camión en 2014”.
Cuando hay que completar un formulario online, ese momento solemne en que el sistema exige: “Número de casa (obligatorio)”, el ciudadano yguazuense entra en pánico. Algunos ponen 00.
Otros inventan 123. Los más osados escriben S/N (sin número), como quien firma una carta desde el lejano oeste.
Y no es que no sepamos que las direcciones llevan número. Lo sabemos. Lo vemos en otras ciudades. Nos lo cuentan parientes que viven en lugares donde el cartero no necesita un GPS
emocional para encontrar una casa.
Lo más fascinante es que no sabemos a quién reclamarle exactamente. ¿Compete al Ejecutivo Municipal? Sí. ¿El Consejo Deliberante debería haber impulsado algo? Probablemente. ¿Alguien
se hace cargo? Misterio digno de documental.


Mientras tanto, el delivery llega preguntando por WhatsApp: —“¿Dónde sería exactamente?”
—“Y… donde está el perro.” —“No veo ningún perro.” —“Claro, es que a veces se va.”
Estamos embromados el día que talen el árbol que usamos como referencia desde 1998. O el perro cambie de domicilio. O el vecino decida pintar la reja de otro color y nos desoriente a todo el
barrio. El caos urbano depende de la estabilidad emocional de un can.
Y lo más irónico: no estamos hablando de una obra faraónica. No pedimos un metro subterráneo, ni un puente colgante, ni una estatua de 40 metros. Estamos hablando de algo básico. Elemental.
Primitivo, incluso. Poner numeración a las calles.
Placas. Alturas. Orden.


No parece que vaya a quebrar el erario municipal. No parece que requiera tecnología de la NASA.
Es, simplemente, organización.
Porque una ciudad sin numeración no es pintoresca: es desprolija. No es folclórica: es improvisada. Y lo que podría resolverse con planificación mínima, termina convertido en anécdota permanente.
Quizás algún día Yguazú dé ese salto revolucionario y podamos decir con orgullo: “Vivo en la casa 245.” Y no: “En la esquina donde antes había un árbol… pero ya no está.”
Ese día, señoras y señores, habremos entrado oficialmente al siglo XXI.
Mientras tanto, si necesitan enviarme una carta, es fácil: Doblen donde estaba el perro. Si no lo ven, sigan derecho hasta la reja que era verde. Si tampoco está… bueno, pregúntenle a algún
vecino. Total, así funciona todo.

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