Empleados con banca: la reforma laboral y la crisis de coraje en el Congreso
Estuve viendo las sesiones en Diputados por la reforma laboral.
Y la verdad… si esto es el nivel del debate político argentino, estamos en liquidación por cierre.
En 1983 recuperamos la democracia con dirigentes que se paraban horas a defender una idea.
Podías estar en contra, pero sabías qué pensaban. Había posiciones claras, argumentos, convicciones.
La política era, ante todo, una disputa de ideas.
Hoy el mecanismo parece más simple.
El diputado mira al costado. Espera la orden. Levanta la mano.
O la baja.
No importa demasiado el contenido. Importa no incomodar al jefe político.
Porque seamos honestos: muchos no están representando votantes. Están representando intereses.
Y el Congreso, que debería ser el lugar más intenso del debate democrático, a veces se parece más a un call center de obediencia partidaria que a una casa de deliberación pública.
Todos hablan de “la gente”. Pero cuando llega el momento de votar, la gente desaparece del radar.
Se impone la disciplina interna, el cálculo, la conveniencia.
La política no es una competencia de sincronización de brazos.
Es asumir el costo de pensar distinto. Es defender lo que uno cree, aunque incomode.
Es explicar el voto, sostenerlo, hacerse cargo.
Entonces la pregunta ya no es si la reforma laboral es buena o mala.
La pregunta es más incómoda: ¿Quién decide realmente lo que se vota?
Porque si el legislador no decide, si solo ejecuta, entonces no estamos frente a representantes.
Estamos frente a empleados con banca.
Y eso no es una crisis de leyes.
Es una crisis de coraje político.
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