Columna de opinión
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Arranca el año y la situación económica en Argentina sigue siendo difícil, en particular en la Frontera. Quienes ya pintamos canas hemos vivido procesos parecidos: crisis, ajustes, promesas y, sobre todo, expectativas. Los actores cambian, el discurso también, pero las angustias cotidianas se repiten.
Durante mucho tiempo existió una especie de calendario no escrito. Faltando un año o año y medio para las elecciones presidenciales, la economía se acomodaba, se “ordenaban” algunos números y el bolsillo empezaba a dar señales de alivio. Porque, aunque nos guste pensar que decidimos con la razón, la realidad es que la mayoría de las veces votamos con el bolsillo.
Muchos creen que esta vez puede pasar lo mismo y ya le ponen fecha a la recuperación: mediados de 2026. Es una forma de aferrarse a algo en medio de la incertidumbre. Pero también puede ser un riesgo.
Viktor Frankl, en El hombre en busca de sentido, cuenta la historia de un prisionero en un campo de concentración que estaba convencido de que en tres meses serían liberados por el avance aliado. Cuando ese plazo pasó y la liberación no llegó, cayó en una profunda depresión y murió poco después. No lo mató el hambre ni el frío: lo venció la frustración de una expectativa que no se cumplió.
La enseñanza es clara. En tiempos difíciles, tal vez el mejor consejo sea no atar la esperanza a una fecha exacta. Las expectativas demasiado rígidas pueden transformarse en una carga pesada. Es mejor sostener la esperanza, sí, pero con los pies en la tierra, sin calendarios mágicos ni promesas de salvación inmediata. Porque la economía, como la vida, rara vez respeta los plazos que le ponemos.

