Iguazú necesita algo que no se construye con cemento

 Iguazú necesita algo que no se construye con cemento

En estos días tuve la oportunidad de conversar largamente con una persona muy influyente. Fue una de esas charlas profundas que, inevitablemente, terminó desembocando en la política local y en una pregunta aparentemente sencilla: ¿Cuáles son, para mí, los principales problemas que Puerto Iguazú debería resolver?

Mi interlocutor lanzó la pregunta casi con picardía. Imagino que esperaba que comenzara hablando de obras públicas, del eterno problema del Puente Tancredo Neves y la necesidad de agilizar la frontera, del estado de nuestras calles, de las veredas o del mejoramiento de una red eléctrica que necesita acompañar el crecimiento de la ciudad.

Y claro que todo eso es importante. Muy importarte

Pero mi respuesta fue otra.

Porque creo que antes de discutir qué ciudad queremos construir con cemento, asfalto y cables, deberíamos preguntarnos qué comunidad queremos construir entre quienes vivimos acá.

Puerto Iguazú necesita recuperar, fomentar y fortalecer dos cosas que no aparecen en ningún presupuesto municipal y que, sin embargo, pueden resultar mucho más importantes que una obra: el sentido de pertenencia y el arraigo.

Voy a explicarlo con un ejemplo muy sencillo.

Imaginemos una casa alquilada en la que viven varias personas que prácticamente no se conocen. Ninguna siente que esa casa sea verdaderamente suya. Entonces uno ensucia pensando que limpiará el otro. El otro no limpia porque considera que no le corresponde. Nadie arregla lo que se rompe porque, total, la casa es ajena. Y finalmente todos terminan viviendo en un lugar deteriorado.

Algo parecido puede ocurrir con una ciudad.

Cuando no sentimos como propio el lugar donde vivimos, dejamos de cuidarlo. Tiramos basura, rompemos, esperamos que otro limpie, que otro arregle, que otro reclame y que otro se haga responsable.

Y creo que Puerto Iguazú tiene un problema con eso.

¿Cuántas veces le preguntamos a alguien que lleva diez, quince o veinte años viviendo acá: «¿De dónde sos?», y nos responde: «Soy de Buenos Aires», «soy de Rosario», «soy de
Córdoba», «soy de Posadas»?

Pareciera que cuesta decir: «Soy de Iguazú».

Y no estoy diciendo que tengamos que olvidarnos del lugar donde nacimos. Nuestras raíces forman parte de nuestra identidad y debemos conservarlas. Pero también podemos
aprender a querer profundamente el lugar que elegimos para vivir, donde criamos nuestros hijos, trabajamos, construimos nuestra casa, hacemos amigos y desarrollamos nuestros proyectos.

Yo suelo tener una respuesta bastante poco diplomática cuando alguien lleva años viviendo aquí y solamente habla mal de Iguazú: «Si no te gusta nada de esta ciudad, ¿Qué
estás haciendo acá? ¿Por qué no aprovechas y te vas?»

Mi señora dice que esa respuesta es bastante poco empática. Y probablemente tenga razón.

Pero detrás de esa frase hay una pregunta mucho más importante: ¿Cómo conseguimos que la gente quiera a Iguazú?

Porque nadie cuida aquello que no siente suyo.

Necesitamos construir identidad. Necesitamos que nuestros chicos conozcan la historia de Puerto Iguazú, que sepan quiénes fueron sus pioneros, que conozcan sus barrios, su cultura y su enorme riqueza ambiental. Necesitamos recuperar espacios comunes, fomentar la participación vecinal y conseguir que quien llegó hace seis meses y quien nació aquí hace sesenta años puedan sentir exactamente lo mismo: esta también es mi ciudad y tengo la responsabilidad de cuidarla.

Las ciudades no solamente progresan cuando reciben inversiones. Progresan cuando sus habitantes se comprometen con ellas.

Por eso, si me preguntan cuál debería ser uno de los grandes desafíos políticos de los próximos años en Puerto Iguazú, mi respuesta sigue siendo la misma: generar pertenencia y arraigo.
Después podremos discutir calles, veredas, energía, tránsito, frontera y todas las obras que necesitamos. Y hay un segundo problema que considero urgente y que está directamente relacionado
con este tema: la titularización de las tierras municipales y provinciales para que miles de familias puedan ser definitivamente propietarias del lugar donde viven.

Pero ese tema merece una columna aparte.

Porque quizás allí también encontremos una de las claves para que alguien deje de sentir que simplemente vive en Puerto Iguazú y pueda decir, finalmente y con orgullo:
«Yo soy de Iguazú. Esta es mi ciudad.»

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