Hoteles cinco estrellas y caminos de barro
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Hace más de 45 años que vivo en Puerto Iguazú. He visto esta ciudad transformarse una y otra vez. He visto llegar inversiones importantes, algunas que marcaron un antes y un después en
nuestra historia turística.
Recuerdo especialmente la llegada del Hotel y Casino Iguazú, allá por la década del 90. Fue una inversión enorme impulsada por un grupo inglés que no solamente construyó un edificio imponente
para la época, sino que además entendió que debía invertir en capacitación. Había que formar personal para trabajar en las salas de juego, en la recepción, en gastronomía y en la atención de
turistas internacionales.
En aquellos años, Iguazú todavía no estaba preparada para ese salto de calidad.
Y justamente en esos días de inauguración ocurrió una anécdota que nunca olvidé. Un gerente me comentó que estaban teniendo dificultades con parte del personal encargado de la limpieza de las
habitaciones, especialmente de los baños. Según él, los estándares exigidos por el hotel no se estaban cumpliendo.
Entonces me animé a hacerle una observación. Le pregunté si alguna vez había visto las condiciones en las que vivían muchas de esas personas que trabajaban allí. Familias que residían
en casas humildes, sobre calles de tierra, muchas veces sin baño instalado y utilizando letrinas.Personas que hacían las cosas lo mejor que podían, pero dentro de la realidad que conocían y de las herramientas que tenían a su alcance.
El gerente quedó pensativo. Porque comprendió algo fundamental: para exigir determinados estándares, primero hay que generar las condiciones para que la gente pueda alcanzarlos.
Y esa reflexión vuelve hoy a mi cabeza.
Puerto Iguazú está próximo a inaugurar nuevos hoteles. Algunos en las 600 Hectáreas, otros en la zona de granja y también en sectores céntricos. Son inversiones importantes que generarán
empleo, movimiento económico y nuevas oportunidades.
Y eso es una excelente noticia.
Pero también debemos hacernos una pregunta incómoda. ¿Estamos preparando a nuestra gente para acompañar ese crecimiento?
No hablo solamente de capacitación laboral. Hablo de infraestructura básica.
Pienso en las familias que viven en las 2000 Hectáreas. Pienso en quienes deben salir de sus casas un día de lluvia para llegar a su trabajo. Pienso en calles convertidas en barro, en la falta de
alumbrado público, en los problemas de transporte y en la inseguridad que genera transitar por algunos sectores.
¿Cómo llega un trabajador a cumplir horario en un hotel cinco estrellas si antes tuvo que caminar por calles intransitables?
¿Cómo puede brindar el mejor servicio posible alguien que debe comenzar y terminar su jornada enfrentando dificultades que no deberían existir en una ciudad turística internacional?
Por supuesto que debemos celebrar la llegada de nuevas inversiones. Necesitamos más hoteles, más emprendimientos y más oportunidades laborales.
Pero también necesitamos comprender que el desarrollo no puede medirse solamente por la cantidad de habitaciones que se inauguran o por los millones de dólares que se invierten.
El verdadero desarrollo ocurre cuando esas inversiones vienen acompañadas por obras que mejoran la calidad de vida de la gente.
Porque de poco sirve construir hoteles cinco estrellas si quienes trabajan en ellos siguen viviendo entre calles de barro, oscuridad y falta de servicios básicos.
El desafío de Iguazú no es solamente atraer inversiones. El verdadero desafío es lograr que el progreso llegue también a los barrios.
Y cuando eso ocurra, entonces sí podremos decir que estamos creciendo de verdad.

